Todo lo que se ve

Todo lo que se ve

Alberto Avila Salazar en busca de la novela del siglo XXI.

Lo que será la novela del siglo XXI está todavía por definir, pero de momento parece que una de las alternativas trata de apoyarse en los “laberintos borgeanos”, por una parte, y por otra en lo que llaman literatura transgenérica, expresión que los que entienden de esto suelen aplicar a la obra de Sebald. Es decir, trata de apoyarse en arenas movedizas sobre las que hay que andar con muchísimo tiento.

En ese terreno arriesgado de mezcla de géneros camina Todo lo que se ve (Lengua de Trapo, 2006), primera novela del poeta Alberto Avila Salazar, que ha obtenido el IX Premio Arte Joven de Novela de la Comunidad de Madrid. Ese interés en correr el riesgo ya dice mucho en favor del autor, que podrá ser cualquier cosa menos un escritor vulgar.

En Todo lo que se ve la narración se mezcla con el ensayo, con datos enciclopédicos (reales o ficticios poco importa), con información de prensa, citas variadas, entradas de un diario, breves reseñas musicales, amplias relaciones y clasificaciones, e incluso notas a pie de página, en un afán de totalidad que se refleja ya en el título. Se me ocurre que en este libro habrían tenido cabida incluso imágenes.

El narrador, a su vez, también se fragmenta en un abanico de posibilidades, y tan pronto escuchamos una voz subjetiva e intimista, que nos habla de sus sentimientos hacia la dependienta de la farmacia, como otra voz casi omnisciente, capaz de conocer lo que hizo Lee Harvey Oswald en Rusia, o penetrar en la mente de un mono usado como cobaya por unos investigadores alemanes. Estos dos episodios, junto con el del animal (¿un perro?) que se introduce en la casa, son a mi gusto lo mejor de la novela.

El tronco principal (o el que yo he identificado como tal dentro de las múltiples ramificaciones de la obra) lo protagoniza un hombre que escribe una novela titulada El evangelio subterráneo, hace cuatro copias del manuscrito y las abandona al azar. Una de las copias cae en manos de una especie de secta, que invita al escritor y a su mujer a ingresar en ella. La mujer será adoptada como una diosa por los miembros de la secta.

En un libro como éste no podían faltar elementos de metaficción: el propio narrador (o uno de sus clones) nos revela de vez en cuando el revés de la trama, dejando bien patente el carácter de artificio de la obra.

Queda al lector la tarea de poner en contacto la doctrina numérica de Pitágoras, el rock alternativo, la maximofilia (variedad de la filatelia) y la variedad de libros leídos en un vagón de metro, por mencionar solo algunas de las innumerables parcelas por las que el autor, con una prosa elegante y limpia, nos va llevando.

Si ustedes se conforman con que les cuenten historias convencionales, sigan leyendo a los escritores que aparecen en la lista de los más vendidos. Por el contrario, si son lectores interesados en conocer por dónde camina la vanguardia de este género (¿en extinción?) que durante los siglos XIX y XX se ha dado en denominar novela, lean esta Todo lo que se ve.

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