Adah Isaacs Menken en Mazeppa

Adah Isaacs Menken

Una precursora de las divas de Hollywood en el siglo XIX.

“Oh, no olvides que yo soy Judith

y sé dónde duerme Holofernes.”

(Del poema Judith, de Adah Menken)

En el verano de 1863 un espectáculo teatral tenía conmocionado San Francisco. Era el melodrama Mazeppa, basado en un poema de Lord Byron. En el último acto una de las actrices, aparentemente desnuda, recorría el escenario atada sobre un caballo. La obra, un escándalo para la época, fue criticada en los periódicos más puritanos y puesta como ejemplo del pecado en los sermones de las iglesias. La osada actriz figuraba en los carteles como Adah Isaacs Menken.

Su nombre completo era Marie Rachel Adelaide de Vere Spenser, nacida en Burdeos, Francia, y criada en Cuba antes de que su familia se estableciera en Nueva Orleans.

O no.

O sus padres eran Auguste Théodore, un negro liberto, y Magdaleine Jean Louis Janneaux, una criolla, que educaron a su hija, Adah Bertha Theodore, como católica.

O quizás tenía el inverosímil nombre hispano de Dolores Adios Los Fiertes y era hija de una francesa de Nueva Orleans y del judío español Ricardo Los Fiertes.

O tal vez su verdadero nombre era Adelaide McCord, nacida en Milneburg, cerca de Nueva Orleans, el 15 de junio de 1835.

Todas estas diferentes versiones sobre el origen de Adah Menken fueron difundidas en algún momento de su vida por ella misma o sus amigos cercanos. En los diferentes lugares que visitaba iba cambiando su nombre, el apellido de su padre, su lugar de nacimiento y hasta su origen racial.

Aún existe una última versión establecida por un investigador que en 1990, tras consultar el censo, afirmó que había nacido como Ada C. McCord, en Memphis, Tennessee, a finales de 1830, y que era hija de un comerciante irlandés, Richard McCord, y su esposa Catherine.

Lo cierto es que Adah Menken decidió borrar su historia personal muchos años antes de que así lo aconsejara el brujo Carlos Castaneda, echando una cortina de niebla sobre su pasado. Desde muy joven había comprendido que cuanto menos supiesen los demás acerca de ella más podría impresionarlos. Y desde luego si algo consiguió en la vida fue impresionar a todo el que la conoció.

Adah recibió una buena educación, hablaba a la perfección inglés, francés, español, irlandés y criollo y tenía amplios conocimientos de latín, griego y hebreo. Más dudoso es que con doce años tradujese la Iliada al francés, como se ha dicho. Uno de los puntos de su biografía que podemos dar por ciertos es que de niña y adolescente fue bailarina en La Habana y en la French Opera House de Nueva Orleans. No está claro cómo llegó a Cuba, parece que fue acompañando a un noble austriaco de cuya hija era tutora. En la capital cubana tuvo un romance con el poeta Juan Clemente Zenea, relación que prosiguió en Nueva Orleans, ciudad en la que recaló el escritor al tener que exiliarse de su país por razones políticas.

En 1852 se unió a un circo francés. Al año siguiente la encontramos de bailarina en Ciudad de México. Hacía lecturas dramatizadas de Shakespeare y posaba como modelo para escultores. En Texas debutó como actriz amateur con el pseudónimo de Bertha Theodore (¿o era su nombre auténtico?). Allí, según cuenta, la raptó una tribu de indios cuyo jefe quería casarse con ella, pero escapó y la salvaron los Rangers de Texas. Probablemente es una de las muchas historias sobre sí misma que se inventó.

Adah Menken
Adah Menken de odalisca.

En 1855 empezó a escribir sus primeros poemas y publicar sus primeros artículos en The Liberty Gazette. Ese mismo año se casó con un músico llamado C.W. Kneass, pero el matrimonio duró poco, ya que un año más tarde volvió a casarse con el hombre del que tomaría el apellido, otro músico, Alexander Isaacs Menken, perteneciente a una destacada familia de judíos reformistas de Cincinnati. De su nuevo esposo adoptó la religión y durante el resto de su vida sería una judía practicante. En ocasiones, en su afán de tergiversar su biografía aprovecharía sus conocimientos de la religión hebrea para asegurar que era judía de nacimiento (o puede que en realidad lo fuese). El matrimonio duró hasta el día en que su marido le prohibió fumar, lo que ella consideró motivo suficiente para el divorcio. Adah había escrito en su diario: “Le he dicho a Isaac que lo dejaré si no deja de molestarme con sus sermones sobre los cigarrillos. Yo no le critico a él por fumar cigarros … No me someteré al dictado de ningún hombre”.

Se autopublicó un libro de poemas titulado Memories, bajo el pseudónimo de Indígena. Se ha dicho que sus versos eran sombríos y melancólicos y su retórica, apasionada. Escribió varios artículos para publicaciones hebreas sobre religión. Cobraba cinco dólares por pieza, que equivale a mucho más de lo que cualquier articulista cobra hoy día en los medios de comunicación, lo que demuestra que en este aspecto hemos retrocedido.

Tras divorciarse se dedicó por entero a la interpretación. Se dejó el pelo corto y rizado, estilo poco usual entonces, adoptó una apariencia bohemia y a veces andrógina. Su primer papel teatral más o menos serio fue el de Pauline en la obra The lady of lyons de Bulwer-Lytton, en Shreveport, Louisiana. Se especializó en representar papeles “con pantalones”, es decir, de personajes masculinos.

Adah Menken
Adah Menken vestida de hombre.

Apenas un año más tarde ya estaba convencida de tener las cualidades necesarias para intervenir en una obra de Shakespeare, así que logró que le dieran el papel de Lady Macbeth en una representación que iba a tener lugar en Nashville. Pero descubrió que no era tan sencillo como pensaba. El manager y actor James Murdoch, explica en sus memorias que ya en el primer ensayo se dio cuenta de que su partenaire tenía serias dificultades con el papel. Adah le confesó que no había leído el libreto, que no sabía nada del personaje que debía interpretar, ni las frases, ni los gestos, porque en el fondo le disgustaba mucho Lady Macbeth. Aún así dijo que de todos modos interpretaría el papel porque se había comprometido con el director. Ante el estupor de Murdoch añadió con orgullo: “Soy igual que cualquier personaje de Shakespeare. Tengo la fuerza necesaria. Solo tengo que saber qué líneas hay que enfatizar.”

El día del estreno y ante un público poco versado en Shakespeare, Adah se las arregló para interpretar su papel como mejor pudo, inventándose una gran parte. Pero en un momento dado su memoria se quedó en blanco. Cruzó el escenario, se acercó a Murdoch y apoyando la cabeza en su hombro le susurró al oído: “Se me ha olvidado el resto”. A Macbeth casi se le cayó la corona y hasta el kilt del susto, pero logró sobreponerse a la situación. A partir de ese momento tuvo que ocuparse a la vez de recitar sus versos y de ejercer de apuntador de su compañera. Él iba diciendo las frases en voz baja y ella las repetía entonándolas como le parecía oportuno. Consiguieron sacar adelante la obra como pudieron y al terminar, para sorpresa de actores, actrices y director, el público les tributó una calurosa ovación. Murdoch escribiría en sus memorias que Menken era una actriz de grandes encantos y nulo talento, que encontraría mejor acomodo en el circo que en el mundo del teatro.

Adah Menken
Adah ataviada para salir a escena.

Adah se convirtió en una habitual de Pfaff’s, lugar de reunión de la bohemia de Broadway, frecuentado por poetas, críticos literarios, escritores, músicos y actores. Allí conoció a Walt Whitman que influyó en ella y en el estilo de sus poemas. En 1859 Menken se estrenó con la obra El espía francés. Su trabajo no fue muy apreciado por los críticos. El New York Times la describió como “la peor actriz de Broadway”. The Observer dijo: “Está deliciosamente desprovista de las ataduras del talento.”

Ese año llegó su tercer esposo, un conocido campeón de boxeo de origen irlandés llamado John C. Heenan y conocido como el Chico de Benicia. Pero enseguida saltó el escándalo cuando un periódico la acusó de bigamia, ya que su divorcio de Alexander Isaacs se había materializado en un documento firmado por un rabino, sin validez legal. Por suerte, y tal como ella había calculado, su exmarido resolvió el problema para evitarse mayores complicaciones. Como Heenan era entonces un deportista muy popular, la prensa acusó a Adah de haberse casado para hacerse famosa (costumbre que hoy en el siglo XXI no nos resulta extraña y de la que Adah fue precursora). Durante el tiempo que estuvo con el boxeador abandonó el apellido de su anterior esposo y figuró en los carteles como Adah Heenan.

A pesar de su fama el Chico de Benicia no tenía mucho dinero, pero sí gran afición al juego y a la bebida y una agresividad que en alguna ocasión le llevó a ponerle las manos encima a su mujer. Ella no consentiría tal cosa y así el matrimonio estaba destinado a durar poco. De hecho, duró unos tres meses.

El boxeador viajó a Londres para enfrentarse al campeón mundial Tom Sayers. La pelea, a puño desnudo ya que en esa época aún no se usaban guantes, duró más de dos horas y treinta y siete asaltos, durante los cuales Heenan derribó a Sayers veinte veces. Los promotores, temerosos de que el Chico de Benicia terminara por matar a su púgil, dieron por acabada la pelea y declararon que era un empate. Fue un tongo en toda regla, pero permitió a Heenan regresar a Nueva York con un buen puñado de dinero. Al llegar se divorció de Adah, que en su ausencia había dado a luz un hijo, aunque el niño moriría poco después. Lo mejor que Adah sacó de este matrimonio fue que aprendió defensa personal, conocimiento que en el futuro aplicaría para librarse con contundencia de algún admirador demasiado pegajoso.

De nuevo sola, continuó escribiendo poemas, volvió a posar como modelo para escultores e hizo alguna incursión en la pintura. Publicó artículos en prensa sobre las elecciones generales de 1860, cuando no era habitual que una mujer hiciese análisis políticos. Apoyó al candidato demócrata que perdió frente a Abraham Lincoln.

Conoció a un tal Charles Blondin, un funambulista francés del que se hablaba mucho en esos días por haber cruzado la cuerda floja por encima de las cataratas del Niágara. Se hicieron amantes y ella le propuso que se casaría con él si se atrevía a hacer el amor sobre una cuerda encima de las cataratas. Blondin se negó, diciendo que “estaría demasiado distraído por su belleza”. En los años posteriores el equilibrista volvió a cruzar sobre el Niágara con los ojos vendados, con zancos, dentro de una bolsa, arrastrando una carretilla, cargando un hombre sobre su espalda y deteniéndose a mitad de camino para cocinar y comerse una tortilla. Sabiendo que el tipo era capaz de hacer todo eso, la idea de Adah ya no parece tan imposible.

En el período 1860-61, Adah Menken publicó veinticinco poemas en el Sunday Mercury, un periódico de entretenimiento de Nueva York. Estos fueron recogidos más adelante con seis más en su libro Infelicia, que vio la luz algunos meses después de su muerte. Por medio del periódico llegó a un público que luego podía ir a verla actuar en los teatros. Como iremos viendo Menken fue una experta en la autopromoción.

James Murdoch la convenció de dejar a Shakespeare por el momento y centrarse en trabajos más aptos para sus cualidades. “Deja que el público te contemple en situaciones arriesgadas, pero no abras la boca excepto para sonreír”, le aconsejó. Le ofreció un papel masculino en una obra que llevaba representándose con éxito desde hacía varios años en Inglaterra y Estados Unidos. La obra en cuestión era Mazeppa, adaptación a los escenarios de un poema de Lord Byron. En la escena cumbre, el protagonista, un príncipe tártaro, era desnudado, atado sobre un caballo y enviado a un precipicio. Hasta entonces se había utilizado un maniquí, que amarrado a lomos del animal subía una rampa decorada con papel maché y desaparecía tras el escenario. Pero Adah decidió prescindir del muñeco e interpretar toda la escena ella misma.

Adah Menken
Cartel de Mazeppa.

El debut fue el 7 de junio de 1861, en el teatro Green Street de Albany. Al final de la obra, Adah fue atada al caballo vestida solo con unas gasas color carne, de forma que causaba en el público el efecto de verla como si estuviese desnuda. El éxito fue instantáneo. El teatro batió todos los récords de taquilla de su historia. Los críticos más cursis compararon a Adah con Afrodita, Cleopatra y Lady Godiva. Durante los tres años siguientes el Mazeppa de Menken triunfaría de igual manera en San Francisco, Nueva York y otras ciudades de Estados Unidos y Europa.

En pleno éxito de Mazeppa estalló la Guerra de Secesión, en la que Adah tomó partido por el bando confederado. En cierta ocasión, encontrándose en la ciudad norteña de Baltimore, vio a tres caballeros sureños y tuvo la ocurrencia de enviarles unas botellas de champán para que brindaran a la salud de Jefferson Davis, presidente de la Confederación durante la Guerra Civil. Pero los caballeros, aunque sureños, resultaron ser simpatizantes del Norte; la denunciaron y a Adah su imprudencia le costó pasar unos días en la cárcel. Para evitarse nuevos problemas decidió regresar a California y permanecer allí hasta el final de la contienda.

Para no perder la costumbre volvió a casarse y aunque parezca mentira otra vez cometió bigamia. En octubre de 1861 contrajo matrimonio con Robert Henry Newell, un humorista también conocido como Orpheus C. Kerr y editor del Sunday Mercury. Sin embargo, la sentencia de su separación de Heenan no llegaría hasta febrero de 1862. Por fortuna nadie se dio cuenta esta vez.

El 24 de agosto de 1863, el teatro de San Francisco presentó Mazeppa con la señorita Menken como gran figura. De nuevo el éxito fue absoluto. Los 500 dólares por sesión que cobraba la convirtieron en la actriz mejor pagada del país . A su alrededor surgió todo un merchandising: sombreros, corbatas, abrigos, pañuelos y pantalones con la imagen de Adah se vendían en las tiendas. Las señoras que querían estar a la moda se cortaban el pelo como ella, “a la Mazeppa”. En otros espectáculos los autores se las arreglaban para improvisar una escena en la que una mujer cabalgara más o menos ligera de ropa, originando un fenómeno que hoy llamaríamos Mazeppa exploitation.

Por todas partes surgieron otras actrices haciendo de tártaro, una de ellas incluso se mató al caerse del caballo. También Menken tendría un accidente similar en Londres: un animal díscolo la tiró fuera del escenario. Minutos después el manager apareció tras el telón y preguntó si había algún médico en la sala. Más de la mitad de los asistentes varones se levantaron y afirmaron ser doctores. Cuando el manager explicó que un tramoyista había resultado herido, casi todos volvieron a sentarse.

Algunos críticos hicieron notar que Menken no iba en realidad desnuda sobre el caballo, sino vestida con unas gasas que producían tal efecto. El público reaccionó: algunos espectadores comenzaron a arrojar terrones de azúcar al escenario para que el caballo se acercase y poder observarlo mejor. Ante el riesgo de que esa actitud terminase por arruinar el espectáculo, Menken decidió dejar de interpretar Mazeppa y pasó a otros papeles, entre ellos los nueve personajes distintos que encarnó en The female Robinson Crusoe, obra en la que además cantaba y bailaba.

Adah Menken
Adah dispuesta para el combate.

Regresó a Londres en 1864. Durante una escala en la travesía que el barco hizo en Panamá, Adah desembarcó a su marido de turno (que si no he perdido la cuenta era Robert Newell), lo dejó allí y prosiguió sola hacia Inglaterra. Divorcio exprés lo llamaríamos hoy.

A la capital británica arribó dispuesta a no pasar desapercibida. A su llegada la rodearon los periodistas: “¿Es verdad…?”, empezó uno. “No”, le cortó ella, “nunca me acosté con Houston, fue con el general Jackson, y con Matusalén, y otros grandes hombres.” Y una respuesta generalmente atribuida a Mark Twain: “¿Qué ganará (tomará) por cuarenta noches? (What will you take for forty nights?), Whisky con soda.” Mae West diría cosas parecidas décadas más tarde, en los inicios de la época dorada de Hollywood, cuando el arquetipo femenino de la vampiresa se puso de moda.

La prensa local se hizo eco de su llegada, en ocasiones prejuzgando el carácter “obsceno” de Mazeppa antes de haberla visto. Adah en persona se encargó de enviar cartas de réplica a algunos diarios, lo que sirvió para avivar la polémica y calentar el ambiente. Se paseó por Londres en un landó revestido de láminas doradas tirado por caballos con collares de campanillas que tintineaban llamando la atención de los transeúntes. Después del estreno las críticas fueron en general positivas y el éxito de público el esperado.

En Londres Menken se unió a varios círculos literarios y artísticos, lo que le permitió relacionarse con personajes como Charles Dickens, Dante Gabriel Rossetti, Edward Burne-Jones o Charles Swinburne, cuyo poema Dolores parece estar dedicado a ella. Más tarde en Francia, haría amistad con Alejandro Dumas y Theophile Gautier. Pretendía rivalizar con Lola Montez, amante de Luis I de Baviera, de la que dijo: “Ella empezó con un rey y fue bajando la escala a través de un periodista hasta un minero. Yo empecé con un campeón de lucha y terminaré con un príncipe.”

Adah Menken y Alejandro Dumas
Adah Menken y Alejandro Dumas padre.

Un año después de su debut en Londres con Mazeppa, Menken reapareció, en octubre de 1865, en una nueva obra, The Child of the Sun de John Brougham, en la que la estrella se exhibía no sólo en su habitual papel ecuestre sino también como caballero salvador de doncellas en apuros. Sin embargo, la obra era tan mala que ni siquiera la indudable popularidad de Menken pudo contener los abucheos que resonaron en el teatro.

En marzo de 1866 regresó a Estados Unidos y se casó por quinta y última vez con James Paul Barclay, un jugador, antiguo bróker, pero pronto partió sin él a Francia. Allí dio a luz un niño, cuya madrina fue George Sand, pero se repitió la historia de su hijo anterior y la criatura murió pronto. Barclay fue encontrado muerto meses después de la separación con un disparo en la sien.

Tras cinco matrimonios a sus espaldas, Adah escribió este sorprendente párrafo en una carta dirigida a Robert Reece: “Creo que todos los hombres buenos deberían estar casados. Pero no creo que las mujeres deban casarse. De alguna manera, todas se pierden en la irrelevancia en esa época de su existencia. Es por culpa de la educación femenina. Se las enseña desde la cuna a considerar al matrimonio como el único acontecimiento de su vida. Conseguido eso, no les queda nada. Byron podría haber estado en lo cierto después de todo: “El amor del hombre es un asunto aparte de su vida; pero es todo en la existencia de una mujer”. Si esto es cierto, no nos extrañemos de encontrar tantas esposas estúpidas; están haciendo de ello toda su existencia. Las buenas esposas rara vez son inteligentes y las mujeres inteligentes rara vez son buenas.”

En París interpretó la obra Les Pirates de la Savane. Se da por hecho que tuvo un romance con el escritor Alejandro Dumas padre, entonces un obeso abuelo sexagenario. Fueron muy comentadas las numerosas fotos en las que aparecían juntos. Al célebre escritor también se le había atribuido una relación con Lola Montez.

En el invierno de 1867 Adah intentó revivir a Mazeppa, pero ya con poco éxito. Su salud se agravó de repente, tuvo que dejar de trabajar y el 10 de agosto de 1868 murió en París, a los treinta y tres años de edad (suponiendo que naciese en 1835), de una enfermedad aún no aclarada, tal vez tuberculosis o una peritonitis derivada de una herida que se hizo mientras actuaba en Londres. En sus últimos días fue consolada por un rabino judío, ya que siempre había permanecido fiel a esa religión. Nunca había actuado en sábado y criticó el antisemitismo que había visto en algunos países europeos.

Fue enterrada en el sector judío del cementerio de Montparnasse. Solo quince personas acudieron a su funeral. El público olvida pronto a sus ídolos. En su lápida figura la inscripción Thou knowest (Tú lo sabes). Alejandro Dumas lamentó su muerte con las siguientes palabras: “Pobre chica, ¿por qué nunca fue amiga de sí misma?”. Menken había escrito: “Siempre he creído poseer dos almas, una que vive en la superficie de la vida, agradable y complacida, la otra tan profunda e insondable como el océano, un misterio para mí y para todos los que me conocen”.

No tengo constancia de que Adah Menken visitara España, pero el periódico La Época de 17 de agosto de 1868 publicaba el siguiente obituario, plagado de errores y exageraciones:

“Después de recibir una carrera distinguida, que se extendía hasta hacer versos y hablar en griego, en latín, en hebreo y en español, no quiso sacar partido alguno de estos conocimientos, tan poco comunes en una mujer, y se dedicó al teatro, obteniendo un gran triunfo desde su primera salida a la escena en Nueva York, triunfo sancionado con los aplausos de La Habana y México; al llegar a París la precedía la noticia de sus diversos casamientos, empezando por su enlace con un conspirador americano, condenado a muerte, y acabado por el que contrajo con un boxeador célebre, a quien habiéndole roto un brazo su adversario en un duelo a puñetazos, se batió con el otro hasta dejarle fuera de combate.

“Miss Menken ha escrito un volumen de versos; ha sido redactora de varios periódicos norteamericanos; ha desempeñado una cátedra de latín; ha interpretado las obras de los principales autores trágicos; ha escrito poemas ingleses y obras teológicas; ha hecho la guerra en América; ha caído prisionera de los indios; ha manejado el fusil; se ha distinguido en el mando de tropas; ha dado su nombre a una calle de Nueva York; ha reunido un almacén de coronas, de ramilletes, de alhajas, de charreteras y de espadas de honor.”

“Este personaje excéntrico, esta mujer singular, que desafió la muerte en los bosques inexplorados, en las selvas llenas de reptiles y de fieras; que se batió bárbaramente defendiendo la causa que la parecía justa; esta naturaleza altiva y singular, ha sucumbido antes de anoche a consecuencia de una peritonitis, a los 27 años de edad, en la plenitud de su fuerza, de su belleza, de su riqueza y del aprecio público.”

Adah Menken fue una mujer sexualmente libre, que alteró los roles de género al travestirse para interpretar personajes masculinos y que conservó oculto su origen racial. Un icono para el siglo XXI que vivió en el siglo XIX. Aunque fue una actriz mediocre, su gran nivel intelectual le permitió publicar una veintena de ensayos, un centenar de poemas y el libro póstumo Infelicia, que recopila su obra poética de 1855 a 1868.

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